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Día caluroso en algún lugar del planeta

Hace calor. Año con año en la primavera las noticias nos mencionan como diferentes regiones de nuestro pais registran temperaturas récord. En algunos sitios el termómetro ha llegado a superar los 45°C en abril y mayo. Salir a la calle a mediodía es enfrentarse a un sol que cae como plomo derretido y nos golpea haciéndonos sudar y sentirnos débiles. Se habla de fenómenos climáticos como “el niño” y “la niña”. Vuelan palabras en acaloradas pláticas sobre el estado del clima, sobre la sequía, sobre cómo las cosas no eran así en el pasado, sobre cómo la temperatura en nuestra ciudad solía ser más amigable, y cómo el asfalto de las calles y el crecimiento de la ciudad recrudecen los efectos del calor, incluso se mencionan las palabras “efecto invernadero” y “calentamiento global”. Así enfrentamos los humanos la temporada de secas, discutiendo y recordando.

El calor es tan viejo como la Tierra misma. Desde el principio del tiempo nuestro planeta ha enfrentado periodos de temperaturas altas que se han intercalado con etapas frías llamadas glaciaciones. Hoy en día no solo parecemos estar sufriendo uno de estos periodos cíclicos de calor, sino que empezamos a pagar con sudor un proceso de cambio climático a nivel global, en el cual la temperatura se ha ido incrementando como resultado de una serie de actividades humanas (deforestación, incendios forestales, y quema de combustibles fósiles entre otras).

Orejas del elefante que sirven para enfriar la sangre

Al no ser este el primer episodio de altas temperaturas que enfrentamos los seres vivos en este planeta, no nos encontramos del todo desprotegidos: a través de la evolución hemos generado mecanismos y estrategias para sobrevivir el calor y lograr aclimatarnos a las más inusuales condiciones climáticas. Las adaptaciones a la temperatura en animales van desde cambios fisiológicos que modifican el funcionamiento del organismo, hasta el desarrollo de patrones especiales de comportamiento, pasando por cambios morfológicos que han dotado a más de algún animal de una extraña fisionomía (las exageradas orejas de los elefantes son un buen ejemplo de esto).

Cabeza de un elefante en fotografía térmica. Los colores más rojos indican lugares más calientes

La temperatura afecta a los organismos de diferentes maneras. La mayoría de los animales (invertebrados, peces, anfibios y reptiles) pertenecen al grupo de los poiquilotermos o animales de “sangre fría”, lo que significa que tienen una temperatura corporal igual a la del medio ambiente que los rodea. Aves y mamíferos por el contrario, estamos armados con una compleja maquinaria fisiológica que nos permite mantener nuestra temperatura corporal estable a pesar de los cambios en el ambiente, por lo que se nos conoce como animales homeotermos o de “sangre caliente”.

Mientras el clima frío tiende a inmovilizar y obligar a muchos animales de sangre fría a entrar en un estado de vida suspendida llamado torpor, los animales de sangre caliente solo tenemos que gastar más energía en mantener nuestro sistema de calefacción funcionando para seguir activos (un perro siberiano es capaz de sobrevivir a temperaturas que rebasan los 35°C bajo cero); aunque ante fríos extremos la respuesta será migrar o en el caso de algunos mamíferos invernar. De este modo, el uso de una parafernalia fisiológica, junto con pelos, plumas y anticongelantes, son las mejores armas que el reino animal utiliza ante la llegada del invierno.

Ante el calor, la mayoría de los poiquilotermos parecen tener mejor suerte que nosotros: mientras que ellos buscarán un lugar fresco para bajar su temperatura corporal (lo cual sucederá rápidamente), nosotros comenzaremos a sobrecalentarnos y tendremos que sudar para perder calor a través de evaporar el agua de nuestros cuerpos. Para las aves con sus cuerpos cubiertos de plumas, y muchos mamíferos peludos, el sudar no es una opción viable, por lo que pierden agua a través de la respiración, jadeando. Obviamente, perder agua para enfriar el cuerpo conlleva un riesgo de deshidratación. Así, en general las formas mas comunes y útiles de enfrentar el calor son más un cuestión de forma corporal y comportamiento, que de fisiología pura.

Si observamos a los animales que habitan en desiertos y zonas áridas, podremos encontrar dos tipos de modificaciones de su cuerpo para evitar cocinarse bajo los rayos del sol: superficies reflejantes, y estructuras disipadoras. Escamas, pelos y caparazones, junto con cuerpos de colores claros sirven como espejos que hacen rebotar el calor sin dejar que este penetre libremente la piel; mientras que orejas de gran tamaño, complicados y largos conductos nasales, y patas largas y delgadas, funcionan como estructuras a través de las cuales se puede perder calor del cuerpo difundiéndolo al aire. Nuestra piel, cubierta con un pelaje reducido y llena de glándulas sudoríparas, es ejemplo de otra adaptación para sobrevivir climas cálidos.

¿Pero qué hacer si la temperatura se sigue elevando y no somos capaces de controlar el efecto del calor utilizando nuestros mecanismos internos y externos? La solución es sencilla: escapar del calor. Para lograr esto la mayoría de los animales han desarrollado pautas de comportamiento especiales: las serpientes del desierto tienden a deslizarse tocando el suelo con solo dos puntos de su cuerpo; camaleones y otros lagartos se paran haciendo equilibrio en dos de sus cuatro patas, y las van alternando para absorber la menor cantidad de calor posible del suelo; muchos animales se han vuelto nocturnos, o se ocultan bajo tierra en las horas de mayor temperatura; gatos y otros mamíferos se lamen el cuerpo para enfriar su pelaje mojando su pelo con saliva; pero sin duda la mejor receta es correr hasta encontrar una sombra, y tirarse ahí a no hacer nada.


Así, el consejo que la naturaleza nos brinda para sobrevivir las temporadas de calor, es encontrar un lugar apacible, una bebida fría y rehidratante, y tumbarnos ahí a ver pasar el tiempo. Como todavía se acostumbra en muchos lugares, la solución se compone de conocer un agradable sitio sombreado y en buena compañía, simplemente sentarse a tomar el fresco.

Colaborador: Jorge E. Schondube


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